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viernes, 9 de diciembre de 2011

Donde la Osita habla y todo queda dicho para siempre, Carol Dunlop y Julio Cortázar

La autopista soy yo, tú, nosotros, y cuando tu lengua busca la mía y se desenrrolla, caracol en el caracol, tu lengua resbalando al infinito alargándose en el fondo de la boca, fragmento del tiempo fragmentado, larga cinta de asfalto caliente y también yo caracol; tu lengua se estira y soy un precipicio la trago y siguiendo esa fiebre sin fin tu rostro entra en mí, tu pelo, tus ojos que pestañean de sorpresa, se creían afuera, hacen cosquillas al abrirse a la altura de un calor interno, tú deslizándote hasta los codos, yo tragando tus nalgas sin que cese el beso, el primero. Haciéndote lugar la oscuridad húmeda se entreabre y también tú a la altura del vientre mil caracoles danzando gravemente en espiral, yo la otra concha de caracol también.


Nos abrazamos siempre hasta perder el aliento, buscando el hálito más allá, tú sumergido sin desaparecer de allí donde estás, tus ojos en mí y de frente donde la mirada se ha vuelto reflejo de dos, de mil miradas, y me aspiras. Me sumerjo como una pescadora de perlas, lengua, nada más que esta lengua que se deja atrapar, estirarse, arrastrando con ella esa sed que jamás podremos saciar, todo el cuerpo que se adelgaza para resbalar a lo más profundo, a lo más opaco, y difundirse en tu violenta suavidad. Buscamos todavía y todavía; cómo no caer más allá de su, tu, mi lengua y del vértigo de los caminos que allí llevan, siempre los mismos y sin embargo hay vías lentas, caminos fulgurantes.


Una luz que pasa, un camión, un toque de bocina; los asimilamos a su vez a la asfixia, bocas selladas una contra otra, vuelco del afuera en el otro lado. Inventamos el aire ahí donde sólo hay humedad, calor y una noche surcada de relámpagos, y yo trago todavía tu codo, la otra nalga, tu sexo que resbala cálido y viviente en mí y que me tomará por mí también, te penetrarás porque antes de rehusar el retorno a la superficie, apenas a tiempo o quizá no a tiempo, la asfixia ya ha empezado sin duda, la inmovilidad del viaje nos ha ahogado ya en estos efluvios de miel, de canela, a través de Fafner los vientos remueven noches, siestas, mil gestos para alcanzarnos; nuevamente somos caracoles refugiados en un caracol que viaja sobre el dorso de un pájaro sin alas, ¿será posible arribar algún día? Cuando nuestros cuerpos ya han pasado el uno en el otro por la lengua, cuando eres ya pájaro aleteando en mi pecho, serpiente ciñendo mis caderas del lado invisible de la piel, ni una sola célula escapa, circunscrita desde el interior en el momento en que la negrura se estría de estrellas verdes, es preciso, es preciso volver, respirar como casi ahogados pero estamos ya ahogados, jamás se puede recuperar todo el cuerpo antes de que las bocas se desgajen una de otra con la violencia de la estrangulación. Respirar, pero tan poco; te sumes de nuevo, cómo quedar con esos cuerpos invertidos, vueltos como guantes resbalando fuera de las manos que los retenían, y te sumes, y como delfines en un mar del que ignoramos el fondo y las corrientes resbalamos el uno contra el otro, el uno en y alrededor del otro, y como tiburones ola tras ola hendida para desgarrar eso que queda de una realidad que busca otra cosa que este ritmo.


Desde el comienzo del viaje, de todos los viajes, mesurando el tiempo desmesurado de una cresta a otra.

Y en el húmedo abandono del agotamiento, el sosiego, el caracol de caparazón de pelusa, tu rostro de adolescente que brilla en su última fatiga, y de nuevo con una mano cansada pero que el reflujo de una próxima ola todavía imperceptible mueve ya, me dibujas, las caderas, los senos, las nalgas, y ese dibujo, don de ti a mí, me regalas todavía una vez el único regalo que puedo abandonarte enteramente y hasta el lago de sueño que nos mecerá.


Con una voz quebrada, más de una vez, me has dicho: «Eres tan joven.» No te equivocabas, pero qué velo te ha impedido ver todos esos años que también yo llevo conmigo, años de una edad mucho mayor que


—¡No me hables del tiempo!


Pero sí, hablemos, nosotros que no somos niños; estamos, estamos en el tiempo como en este viaje: dentro. ¿Es que no ves que no hay ya cuatro ni tres ni dos tiempos?


Tantas veces me he precipitado en el abismo negro que sé caminar en la oscuridad.


Y cortar mil veces, diez mil veces seguidas la cabeza de la hidra, sin hacerme la ilusión de que le impido proseguir todavía y siempre su siniestro crecimiento. Años creyendo o no en un nacimiento hecho para permitirle a la muerte tomar el sol, otros para teñirla de colores violentos: nos reconocemos.

Por el momento, gran lobo marino, bogamos sobre un agua calma, clara, sólo agitada por visiones de riberas donde horrores, torturas y guerras se agitan y nos acechan. Pero nuestras olas sólo forman una vasta ondulación que respira al ritmo de nuestra locura. Luz, y la oscura pasión que nos empujará hasta el fin, siempre hasta el fin y más lejos. Allí donde te estrecho como si nuestras pieles fueran a disolverse al contacto de una con otra, hacer de nosotros un solo ser invisible.

Tu voz es clara, pero cuando viene ese velo de tristeza, cuando apenas empezado el viaje dudas nuevamente de su término, ¿cómo callarme, y cómo hablar? A su tiempo esa tristeza, mi amor, a su tiempo todavía lejano y doble. Por grande que sea la oscuridad, no hay negrura que me haga retroceder.


Tú, y todavía tú.


A fuerza de nadar en las grandes aguas negras, se aprende a flotar en la oscuridad. Boya de las peores tinieblas. Excluida? ya las vejeces humillantes, las pesadillas sanitarias; y el resto no es para ahora y ya no hay más soledad posible. ¿No has comprendido qué regalo de vida fue que no murieras hace un año? Corte. Partida. Y lo desconocido que se tiende por muchos años todavía, si quieres explorarlo con tus ojos de niño.


Dulce confusión cuando el suelo tiembla al sol y vibras contra en alrededor de mi cuerpo.
 
No abandonaremos la autopista en Marsella, mi amor, ni en ninguna parte. No hay otra vuelta atrás que en espiral.


Carol Dunlop y Julio Cortázar, Los autonautas de la cosmopista o un viaje atemporal París - Marsella

Sueños... Des Rêves...

sábado, 19 de noviembre de 2011

Un recuerdo atemporal: la Osita durmiendo, Julio Cortázar y Carol Dunlop

Presumo que un buen explorador tiende a despertarse al alba a fin de efectuar las diversas observaciones científicas correspondientes al día que se inicia. Debe ser por eso que también yo me despierto casi siempre muy temprano, me quedo agradablemente en la casa y me dedico a estudiar un tema jamás tratado por Vespucio, Cook o el comandante Cousteau, en otras palabras la manera de dormir de la Osita.

Esta manera de dormir es acaso la de todas las ositas, cosa que me sería imposible verificar, razón por la cual me cuidaré de generalizaciones imprudentes. En el caso de la Osita su sueño pasa por dos etapas principales, la primera de las cuales no tiene nada de extraordinaria, es decir que la Osita busca la posición más cómoda y agradable, se arropa de acuerdo con la temperatura ambiente, y durante gran parte de la noche duerme con gran naturalidad, casi nunca boca arriba y casi siempre boca abajo, con intermedios laterales que nunca duran demasiado pero que ceden a las otras posiciones sin esfuerzo alguno y después de suaves desplazamientos que muestran lo profundo y agradable de su sueño.


Cuando llega el alba, o sea el momento en que tiendo a despertarme del todo, pues las observaciones anteriores las he hecho sin demasiado rigor científico, advierto al poco tiempo que la Osita ha entrado en la segunda etapa de su sueño. Es aquí donde cabe preguntarse si esta manera de dormir es propia de ella o si abarca su entera especie, puesto que se trata de un comportamiento bastante insólito y hasta extraordinario, y que consiste en las continuas tentativas que hace la Osita dormida para convertirse en un paquete, lío, bulto, o atado, que de todo tiene, gracias a un sistema de movimientos, gestos, tirones, tracciones y enredos que progresivamente la van envolviendo en las sábanas hasta convertirla en un gran capullo blanco, rosa, o azul con listas amarillas según el caso, al punto de que un cuarto de hora después de iniciada esta metamorfosis del amanecer que siempre contemplo estupefacto, la Osita desaparece en una atorbellinada confusión de sábanas que, dicho sea de paso, van desapareciendo al mismo tiempo, de mi lado de la cama, pues nadie podría imaginar la fuerza que despliega la Osita para ir atrayéndolas hasta conseguir involucrarse enteramente en ellas y por fin quedarse quieta después de una última serie de evoluciones que completan la crisálida y la felicidad evidente de su ocupante.

Apoyándome con un codo en el colchón, que es lo último que queda, contemplo enternecido a la Osita y me pregunto a qué profunda necesidad de retorno uterino o algo así responde su empecinado trabajo de cada amanecer. Sé muy bien (porque al principio no lo sabía y tuve miedo) que nada de eso me rechaza, pues me basta rozar con un dedo el paquetito tibio a mi lado para que de sus profundidades emerja un suavísimo gruñido de satisfacción. El misterio es total, como se ve, porque la Osita está contenta de sentirme a su lado y a la vez se refugia en un claustro al que yo no podría llegar sin destruir su preciosa penumbra, su temperatura íntima, y algo en ella lo sabe y lo defiende desde el alba hasta el despertar definitivo. Alguna vez —ya no— hice la prueba de desenvolverla lo más suavemente posible del capullo, porque tenía miedo de que se ahogara con las sábanas enredadas y las confusas almohadas, y supe lo que significaba separar sus manos de los nudos, lazos y otros flecos que hacían las sábanas entre sus dedos. De manera que ahora me limito a mirarla dormir en su efímera y sin duda atávica hibernación y espero que se despierte sola, que empiece a desenredarse poco a poco, a sacar una mano, un chorrito de pelo, un culito o un pie, y que después me mire como si no hubiera pasado nada, como si las sábanas no fueran un gran remolino en torno a ella, la crisálida rota de donde asoma mi nuevo día, mi razón para vivir un nuevo día.
 
Los autonautas de la cosmopista o Un viaje atemporal París – Marsella

Julio Cortázar y Carol Dunlop

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Este libro ha llegado a mí AHORA, justo AHORA; si bien he leído a Cortázar copiosamente, ha sido hace un pequeño tiempo que este libro llegó a mí; y HOY, sólo HOY, justo HOY, debían mis ojos llegar hasta este fragmento inmensamente maravilloso que se encuentra hacia el final del libro, y hacia el final de un amor, de un inconmensurable amor entre Cortázar y Dunlop - llamada por él: la Osita-. 

Pero todo final es un principio. Y celebro el principio de mi vida. 
Porque mi vida comienza HOY conmigo 
y con quien desea sostener mi mano siempre.

Edith Piaf
Himno al Amor



Dieu reuni ceux qui s´aiment

Dios reúne a quienes se aman

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Ya ves, cuando te fuiste, no sabías que me habías iluminado... Julio Cortázar y Carol Dunlop

Julio Cortázar, en 1982, emprende con su mujer, Carol Dunlop, quien tenía 30 años menos que él, un juego de treinta y tres maravillosos días fuera del tiempo, una interminable fiesta de la vida: un viaje de París a Marsella. La experiencia da lugar a un libro excepcional: Los autonautas de la cosmopista
 
 

Todas las mañanas se besan los labios y se ofrecen su alegría de enamorados. Jugos de naranjas mirándose y montañas de café. Con ese estado de ingravidez, la felicidad les sale por los ojos y la detienen escribiendo juntos. Terminan llenos de planes. Amarse todavía más intensamente.

"El misterio es total, como se ve, porque la Osita está contenta de sentirme a su lado y a la vez se refugia en un claustro al que yo no podría llegar sin destruir su preciosa penumbra, su temperatura íntima, y algo en ella lo sabe y lo defiende desde el alba hasta el despertar definitivo".
                                  
"Lo de la Osita viene de una antigua necesidad: casi nunca he aceptado el nombre-etiqueta de las cosas y creo que eso se refleja en mis libros, no veo por qué hay que tolerar invariablemente lo que nos viene de antes y de afuera, y así a los seres que amé y que amo les fui poniendo nombres que nacían de un encuentro, de un contacto entre claves secretas".

Al regreso, un mal que no es pasajero le arrebata a Carol su luz, su sonrisa, su entusiasta vivencia del sol y del mar. 
 
 
“Allí la Osita empezó a declinar, víctima de un mal que creíamos pasajero porque en ella la voluntad de la vida era más fuerte que todos los pronósticos, y yo compartía su coraje como siempre compartí su luz, su sonrisa, su enamorada vivencia del sol, del mar y de la esperanza en un futuro más hermoso.
Volvimos a París llenos de planes: terminar juntos el libro, vivir, vivir todavía más intensamente”.

Postscriptum de Julio Cortázar a Los autonautas de la cosmopista o Un viaje atemporal París – Marsella, escrito por Carol Dunlop y Julio Cortázar, 1982.


El 2 de noviembre de 1982 muere Carol.
Cortázar edita este libro, en una soledad agobiante. Dejándose doler, recuerda.
 
“Y después dormimos, Osita, y ya entrada la mañana seguías durmiendo y sólo a mí me fue dado ver el fin de la noche del paradero, el sol rasante en una cúpula naranja, que resbalaba entre las cortinas laterales para meterse con nosotros en la cama, empezar a jugar con tu pelo, con tus pestañas que siempre parecen más, que siempre parecen muchísimas más cuando estás dormida”.

Compagina las fotos. Y limpia los textos ya escritos. 
 
El Cortázar más triste: “No tengo planes y sólo pienso en terminar el libro que hicimos juntos Carol y yo, y que tengo que completar yo solo ahora. Se lo debo, quiero que salga, en este momento es mi única manera de seguir junto a ella, hablándole y escuchándola”. 
 
Subida a esas palabras, desde la muerte, ella, la Osita, busca abrigarlo. Julio murió de leucemia a los 69 años de edad, en 1984, en el Hospital Saint Lazare, después de diez días de cama, y dos años después del fallecimiento de Carol Dunlop. Dos días después, fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, en la misma tumba donde yacía Carol.
 
Tumba de Julio Cortázar y Carol Dunlop en Montparnasse, París.


 
“…tu mano escribe, junto con la mía, estas últimas palabras en las que el dolor no es, no será nunca más fuerte que la vida que me enseñaste a vivir…”



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