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martes, 3 de enero de 2012

París, siempre nos quedará París, rubia y francesa...

Mademoiselle Isabel, rubia y francesa,
con un mirlo debajo de la piel,
no sé si aquél o ésta, oh mademoiselle
Isabel, canta en él o si él en esa.

Princesa de mi infancia; tú, princesa
promesa, con dos senos de clavel;
yo, le livre, le crayon, le...le..., oh Isabel,
Isabelle...., tu jardín tiembla en la mesa.


 De noche, te alisabas los cabellos,
yo me dormía, meditando en ellos
y en tu cuerpo de rosa: mariposa

rosa y blanca, velada con un velo.
Volada para siempre de mi rosa
-mademoiselle Isabel- y de mi cielo.



Blas de Otero, "Mademoiselle Isabel, rubia y francesa..."




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Siempre nos quedará París.
Siempre nos quedará la poesía.

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jueves, 29 de diciembre de 2011

El color y el artista hacen vibrar el alma humana

El color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El color es la tecla. El alma es el piano con muchas cuerdas. El artista es la mano que por esta o aquella tecla, hace vibrar adecuadamente el alma humana.
.
Wassily Vasílievich Kandinsky


Study for Painting . Wassily Vasílievich Kandinsky

*
  
El arte, como la naturaleza, es rítmico

Robert Delaunay

*

Puedo crear una fuga en colores, como Bach lo ha hecho en música

František Kupka
  
*

El mundo suena

Wassily Vasílievich Kandinsky 



Wassily Kandinsky et Le Cavalier Bleu - Carmina Burana

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La culpa la tiene mi corazón que no me deja

Poema

Y además
mi corazón
tiene la culpa
porque nació
tan tibio y sorprendido
y yo también
un poco
y este cielo
y estas mañanas limpias
y estas calles
por donde el aire estalla
y este gran infierno de los hombres
tienen la culpa
Pero
sobre todo
mi corazón que no me deja
mi corazón
que me derrama
y me pierde.


La culpa es mía
la traigo desde lejos
pero qué puedo hacer
sino vivir así
y andar a cada rato
con un dolor
y un sueño
custodiándome.

Qué puedo hacer
si el corazón
me vino enorme
y tiembla
por cada soplo liviano
qué puedo hacer
sino abrazarlo
o cuanto más
echarlo al aire.

Hugo Gola

Y para música amorosa francesa, la inigualable voz de Patricia Kaas con una canción que forma parte de un show único y maravilloso.

Patricia Kaas - Et S'Il Fallait Le Faire



domingo, 25 de diciembre de 2011

Es Navidad, caminante que vas buscando la paz en el crepúsculo...


Hay flores que nacen para durar sólo unas horas,

tiempo en que perfuman al universo,

embellecen la existencia entera; 

no necesitan ser exitosas en nada más, 

sólo en los instantes en que les toca vivir; 

aprendamos de ellas, dispongámonos a brillar por un segundo, 

dejando tras nosotros un mundo mejor.

Nunca se es demasiado viejo, o demasiado joven para amar, 

para decir una palabra gentil, para hacer un cariño.

No mires para atrás.

Lo que pasó, pasó.

Lo que perdimos, perdimos.

¡Mira hacia adelante!

(Anónimo)



**

Todavía hay tiempo para apreciar las flores 

que están enteras a nuestro alrededor. 

Caminante que vas buscando la paz en el crepúsculo, 

la encontrarás...

**


Feliz Navidad, disfrutemos del momento... 

busquemos la paz interior 

y encontremos el Amor interiormente

para que se proyecte al exterior.


Garou
Je n´attendais que vous

jueves, 22 de diciembre de 2011

Desde esos días, tu belleza ilumina mi vida: Cartas de Amor de Victor Hugo a Juliette Drouet

Muchas veces por escrito se pueden decir muchas más cosas que de viva voz. Ante el papel en blanco las personas no se muestran tan tímidas y tienden más a explayar sus sentimientos, a explicar su pasión.

No falta quienes inmediatamente después de despedirse de su amor, aún con la pasión tratando de escapar por todos los poros, corren a escribirle una ardiente carta.

El territorio amoroso es vasto y frondoso. Cada persona vive el amor de un modo diferente, no cabe hablar de una fórmula única y universal válida para todos.

En un momento dado, dos personas se sienten atraídas una por la otra y entre ambas surge una comunión de emociones. Ambos se necesitan y de pronto no se ven capaces de vivir el uno sin el otro.




Esa fuerza inicial, esa pasión desbordante, no necesariamente proporciona la energía que sería precisa para unificar dos proyectos de vida diferentes hasta entonces, dos modos de mirar la vida, dos formas distintas de ser. Mantener la llama del amor a lo largo del tiempo es lo complicado.

José Antonio Marina ha analizado más de mil cartas de amor de personajes famosos, muchas de las cuales figuran transcritas en el libro titulado Palabras de amor.

Una de las parejas de las que se ocupa es Victor Hugo y Juliette Drouet. En la noche del 16 al 17 de febrero de 1833, a la una de la madrugada hacen el amor por primera vez y esa noche no la olvidaron nunca. Durante medio siglo mantuvieron una fascinante correspondencia, unas 18.000 cartas.

La pluma de Hugo escribe: “Repaso ese instante en mi memoria, nuestros dulces comienzos. Hará pasado mañana veintidós años que te vi por primera vez, ¿te acuerdas? Desde ese momento comienza para mí la vida. Desde esos días, tu belleza ilumina mi vida”.

Y a punto de cumplir los 80, lo rememora de nuevo: “Recuerdo profundo y dulce, noche sagrada. Hace 48 años te entregaste a mí. Te poseí a placer, a ti, la belleza, a ti, la gracia, a ti, la mujer. Que ese día sea grande para siempre, querida mía”.

Juliette contesta: “Te amo porque te amo, te amo porque sería imposible no amarte. Necesito escribírtelo como necesito pensar y respirar”. 

Como escribe Marina, el amor nace cuando "la felicidad del otro se convierte en parte de tu felicidad".

Ése es mi mayor deseo para todos en estas Fiestas...

Lara Fabian et Maurane
Tu Es Mon Autre



¡ Amor, Paz y Felicidad !

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El amor es dulce, de cómo el amor y la dulzura se emparentan o no

Todavía extraño sus besos de chocolate, sus caricias de merengue y sus abrazos de dulce de leche. Ella era la persona más dulce del planeta y yo fui excesivamente goloso. Como era de esperarse, terminé convirtiéndome en un adicto a sus mimos. 
La amaba más que a nada, pero cada minuto que pasaba a su lado significaba un minuto menos de vida. 
Las calorías de sus caricias, besos y abrazos, eran la principal causa de mi constante aumento de peso. Desde que comencé a salir con ella, engordé a razón de 150 gramos diarios. 
Me di cuenta del mal que me hacía cuando dejaron de entrarme los pantalones pero a decir verdad, no le di demasiada importancia. Ella era mi vicio y seguí recurriendo a sus caricias, besos y abrazos hasta que el azúcar no entró más en mi cuerpo. 
Después del pico de colesterol, me vi obligado a dejarla.

Walter Giulietti


Siempre los excesos y los extremos fueron malos. Todo lo bueno en pequeñas dosis puede ser perfecto, pero si se toma mucho y frecuentemente, aunque sea lo mejor del mundo, puede conducir al fracaso por sobredosis.

Ahora bien, ¿por qué misteriosa razón siempre se ha relacionado el amor con lo dulce: dulces besos, dulce como la miel, luna de miel...? Yo creo que el amor no engorda.

Cuando te enamorás no pensás para nada en la comida. Es más, cuando estás consumido por la pasión, quemás cientos de calorías.

Sin embargo, cuando el desamor se instala en la vida, es cuando a muchas personas les da por comer, y no digo nada del chocolate, claro sucedáneo del amor, o incluso puede darse el caso de alguien que se refugie en la bebida.

Con lo cual, más que el amor, engorda el desamor...

Aunque pareciera que el protagonista de esta historia se aferró a tanta dulzura excesiva que tuvo que romper con su amada como si fuera una adicción. Debió apartar a su adicción de encima para seguir viviendo. Porque el protagonista quería vivir.

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(¿Y si te como a besos y bailamos?).

Henry-Claude Moutou, Laurence Beaumarchais 
y Malavoi

L'amour l'est doux 


martes, 20 de diciembre de 2011

Los hombres todos matan lo que aman, Wilde y su tumba cubierta de besos en París

¿Qué tienen en común Oscar Wilde, Amedeo Modigliani, Maria Callas y Jim Morrison? Todos ellos y muchos más descansan en el cementerio más grande de París urbano y uno de los más conocidos en el mundo: el cementerio Père-Lachaise. La tumba de Oscar Wilde sorprende ante todo porque está llena de besos. Labios pintados que dejan su carmín en la lápida para demostrar su amor a uno de los mejores escritores de la literatura universal. 



Cuando el 30 de noviembre de 1900 falleció de meningitis en el Hotel d'Alsace, en París, Francia, fue enterrado en el Cementerio de Bagneaux y, en 1909 sus restos fueron trasladados definitivamente al Cementerio de Père-Lachaise. Sobre su lápida se inscribió: «Verbis meis addere nihil audebant et super illos stillabat eloquium meum» («Tras mi palabra no replicaban, y mi razón destilaba sobre ellos» extracto del Libro de Job, 29, 22). 

Su tumba -digna de un dandi como Wilde- es obra del controvertido escultor Jacob Epstein. Considerada “obscena”, fue mutilada en sus partes pudendas, pero eso no impidió que las marcas de besos y los papeles con notas destinadas a Wilde dejasen de fascinar, unas para pedir inspiración y otras para agradecérsela ("Gracias Maestro").


¡Sí! Es la tumba de Oscar Wilde... Completamente cubierta por besos de bocas llenas de carmín... si no encontró la admiración en vida de una sociedad victoriana e hipócrita, ahora sí que parece haberla encontrado en el bonito Père-Lachaise.

Si de amor se trata...


En la imagen anterior se puede observar cómo este árbol "desparrama" su vida cubriendo las tumbas con su sombra protectora. Una pareja de enamorados gravó un corazón con sus nombres en el corpulento tronco... ¿Por qué? ¿Para que su amor perdurase tanto como el árbol? 

Respecto del amor, Oscar Wilde escribió: 

"...aquel hombre había matado lo que amaba, y tenía que morir por ello.

Sin embargo -¡y óiganlo bien todos!-, los hombres todos matan lo que aman: unos con una mirada de odio, con una palabra acariciadora otros; el cobarde con un beso, el hombre valiente con una espada.

Unos matan su amor cuando son jóvenes, cuando ya son viejos otros; unos lo ahogan con las manos de la lujuria, con las manos del oro otros; los más compasivos se sirven de un cuchillo, del cuchillo que mata sin agonía.

El amor de unos es demasiado corto, demasiado largo es el de otros; unos venden, y los otros compran, unos hacen lo que tienen que hacer con muchas lágrimas, otros sin un solo suspiro; pues los hombres todos matan lo que aman, aunque no todos tengan que morir por ello".

Fragmento de la Balada de la cárcel de Reading

André Rieu 
Love theme from Romeo and Juliet


domingo, 18 de diciembre de 2011

Haber atado ciertos hilos de amor y resplandor

Haber dejado una moneda de fuego en la mano de otro,
haber atado ciertos hilos de amor y resplandor,
haber perdido algo
al salir de la casa vacía.

Haber estado, haber acompañado,
haber estado complicado con el viento que siempre tiene razón,
con la tierra y el agua y con la hierba que siempre tienen razón.
No haber cumplido años lejos de sí mismo,
no importa si de rodillas o en medio del pantano pero cerca de sí,
o entre asuntos pendientes o torcidos desde el comienzo,
pero masticados con tus dientes.

No importa ser un objeto más o menos clasificable
despreciable por los que deciden,
no importa ser superado, masacrado, tergiversado, desmentido,
con todo eso se hace la verdad.
 
 
No importa ser interrumpido 
si estás al pie del árbol gigante en el día sin fin, 
al pie del árbol de piedras preciosas del sueño que sólo 
pertenece a los hombres,
y si has podido hablar con esas piedras
y acompañar hasta su casa a alguien 
en un momento duro de la noche.
No importa que no haya solución para nadie ni perdón para nadie
ni si al fin estás solo en las salinas de la madrugada
haciendo todo lo posible para que salga el sol,
para que estos rostros queridos no se hundan en los
rápidos de la nada
que acecha tanta maravilla.
POR ÚLTIMO - RAUL GUSTAVO AGUIRRE
Éste es el primer poema que leo de él, poeta argentino
con una cierta influencia surrealista. ¿Cómo podía ser de otro modo? 
Ya me embelesó su maravilla.
La poesía es un salvavidas.
Y la música salva ante cada nueva nota.
 
Giovanni Marradi - Lysistrata


Haber estado, haber acompañado, 

siempre.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Notre-Dame y los bouquinistes: libros a orillas del Sena

Me he acordado, en una mañana de comienzos de otoño, de ir a ver a mis viejos amigos los viejos libros de las orillas del Sena. Es un paseo higiénico, melancólico y filosófico. Desde el Quai d'Orsay hasta más allá de Nôtre-Dame, se goza de espectáculos imprevistos, fuera de lo pintoresco exterior. Por allí he encontrado al poeta Paul Fort y a M. Remy de Gourmont. El «morne» Sena verleniano corre abajo. El Louvre alza su masa gris. Los vaporcitos se deslizan. Ómnibus y automóviles pasan veloces entre los «quais», las casas viejas y el venerable Instituto. Arregladas o amontonadas las cantidades de papel impreso, son el atractivo de especiales visitantes y compradores, curiosos, bibliófilos, bibliómanos, filósofos, poetas, estudiantes. No es raro ver también junto a una grave peluca, junto a un extraordinario y antiguo gabán, la cara sonrosada, los cabellos rubios de una muchacha. Cuando es en buen tiempo primaveral, hay pájaros en los árboles vecinos.

Antoine Blanchard - Paris et les bouquinistes sous la pluie
 
Octave Uzanne ha escrito un interesante folleto sobre los vendedores de libros de las orillas del Sena. Otros escritores han pintado la curiosa vida de esos sedentarios del aire libre que, invierno y verano, bajo la nieve o bajo el sol, tienen por oficio sacudir el polvo a su mercancía y aguardar al cliente o al transeúnte que se siente atraído por la fila de cajas y los montones de papel impreso. Los tipos de vendedores son variados, como los de los fieles bibliómanos. No escasea entre los primeros el erudito, que os da una lección de historia de la tipografía, de ediciones princeps, de incunables, mientras os vende un apolillado Horacio o Cicerón. Entre los segundos se ven apacibles profesores, sabios condecorados, simples sabios. He creído en más de una ocasión encontrarme con la amable figura de M. Bergeret...  
Junto a los respetables profesores, al lado de los tranquilos amantes de la sabiduría, detiene el vuelo una bandada de poetas y artistas jóvenes, cabelludos aún, o mondos, de modestas indumentarias, aires pensativos, ojos llenos de ensueños, miradas llenas de ideas. Pobres como los ruiseñores, compran poco, hojean mucho. Abundan los libros de estudio. Es que los estudiantes tienen un gran recurso cuando se sienten atacados de la tradicional inopia. Saben que el vendedor Ies compra con seguridad, a un precio relativo, sus volúmenes. Así, un código comentado contiene muchos almuerzos, muchas comidas en las cremerías del Quartier. Esos volúmenes siempre tienen salida, y duermen en su caja como en un Monte de Piedad. Son muchos los «magazines» ingleses y las publicaciones científicas de todas las partes del mundo. El Instituto provee largamente a los «bouquinistes». Hay pilas incontables de tesis, antiguas y recientes, y obras enviadas a eminentes eruditos, con sesudas y elogiosas dedicatorias.

Antoine Blanchard - Notre-Dame
 
Impreso por Vanier, el editor de los decadentes, de terrible memoria, ha consagrado un volumen de versos que se titula Humbles Mousses. Allí leo los siguientes versos que traduzco, pues veréis que el caso merece la pena:

LOS VERDADEROS RICOS


Vosotros, que sabéis ganar el pan de cada día

Y, cubiertos de arpillera o de lienzo,

Dormís bajo los grandes techos, casi al aire libre,

O bajo la cabaña, humilde morada;


Hacia los ricos hoteles de piedra, donde el oro abunda

En donde pensáis que estaríais mejor,

Guardaos de lanzar una mirada envidiosa:

¡Sois vosotros los felices de este mundo!


Los pórticos de mármol y los artesonados

Ocultan el cielo, las corrientes aguas;

Cuando se tiene la idea de acumular rentas.

¿Se sabe acaso el encanto de los estíos?


Ni una sola de las felicidades que hacen amar la vida

Se da por el dinero;

La luz serena y el aire, el azul cambiante,

El sol, de alma encantada,


El hechizo de los grandes bosques y la gracia de las flores,

El césped, el perfume de las rosas,

La embriagante dulzura de las innumerables cosas

Bellas de formas o de colores,


Vienen a ofrecerse, sin pedir nada

Al más modesto de los transeúntes,

Mientras que en pleno aburrimiento, hastiado, privado de sentir

Bosteza el dueño del dominio.


Pronto, cansado de los objetos que apenas ha querido,

Está sin necesidades y sin goce:

Saturado de todos los placeres que da el oro,

No desea nunca nada más.


¿Sabe acaso si hay en la tierra un sólo ser que le ame?

El hombre afligido de tesoros,

Se halaga esperando un amor compartido:

Una dote lo atrajo a él mismo.


Su corazón está lleno de sospechas adormidas,

Y mientras que el pobre diablo

Tiene la dicha de creer en la amistad sincera,

Él duda de todos sus amigos.


¡Ah! compadecedle a ese rico; cuando el alma alegre,

Y sin cuidado del mañana

Le veis, caminando, la mano en la mano,

Su palacio hecho a la soberbia,


Vosotros tenéis la amistad, el amor, aun la alegría

De admirar la simple Naturaleza,

Y ese poderoso no puede, ¡oh, triste criatura!

Comprarlos con su oro.


Antoine Blanchard- Place Saint-Michel - Notre-Dame


Hoy vuelvo contento, porque he visto a una niña rubia comprar por un franco cincuenta, y una sonrisa muy rosada, una Nuestra Señora de París, no lejos de la armoniosa y serena Catedral; porque lejos de los malos hombres que murmuran y que odian, he saludado al otoño que acaba de llegar; y porque he adquirido un Quevedo impreso en Bruselas en tiempo del IV Felipe, hermoso, claro, con tapas de pergamino, por sesenta céntimos.

RUBÉN DARÍO - Opiniones (Obras completas, volumen X.)













Notre-Dame pendant Noël


Paris y el Sena en la memoria de otra vida


domingo, 11 de diciembre de 2011

Todas las noches esta noche

Sabés, dijiste
nunca fui tan feliz como esta noche. Nunca.
Y me lo dijiste en el mismo momento en que yo decidía no decirte,
sabés, seguramente me engaño pero creo,
pero ésta me parece, 

 
la noche más hermosa de mi vida.

Idea Vilariño 

GRACIAS - MERCI

Barbara
Ma plus belle histoire d´amour

viernes, 9 de diciembre de 2011

Donde la Osita habla y todo queda dicho para siempre, Carol Dunlop y Julio Cortázar

La autopista soy yo, tú, nosotros, y cuando tu lengua busca la mía y se desenrrolla, caracol en el caracol, tu lengua resbalando al infinito alargándose en el fondo de la boca, fragmento del tiempo fragmentado, larga cinta de asfalto caliente y también yo caracol; tu lengua se estira y soy un precipicio la trago y siguiendo esa fiebre sin fin tu rostro entra en mí, tu pelo, tus ojos que pestañean de sorpresa, se creían afuera, hacen cosquillas al abrirse a la altura de un calor interno, tú deslizándote hasta los codos, yo tragando tus nalgas sin que cese el beso, el primero. Haciéndote lugar la oscuridad húmeda se entreabre y también tú a la altura del vientre mil caracoles danzando gravemente en espiral, yo la otra concha de caracol también.


Nos abrazamos siempre hasta perder el aliento, buscando el hálito más allá, tú sumergido sin desaparecer de allí donde estás, tus ojos en mí y de frente donde la mirada se ha vuelto reflejo de dos, de mil miradas, y me aspiras. Me sumerjo como una pescadora de perlas, lengua, nada más que esta lengua que se deja atrapar, estirarse, arrastrando con ella esa sed que jamás podremos saciar, todo el cuerpo que se adelgaza para resbalar a lo más profundo, a lo más opaco, y difundirse en tu violenta suavidad. Buscamos todavía y todavía; cómo no caer más allá de su, tu, mi lengua y del vértigo de los caminos que allí llevan, siempre los mismos y sin embargo hay vías lentas, caminos fulgurantes.


Una luz que pasa, un camión, un toque de bocina; los asimilamos a su vez a la asfixia, bocas selladas una contra otra, vuelco del afuera en el otro lado. Inventamos el aire ahí donde sólo hay humedad, calor y una noche surcada de relámpagos, y yo trago todavía tu codo, la otra nalga, tu sexo que resbala cálido y viviente en mí y que me tomará por mí también, te penetrarás porque antes de rehusar el retorno a la superficie, apenas a tiempo o quizá no a tiempo, la asfixia ya ha empezado sin duda, la inmovilidad del viaje nos ha ahogado ya en estos efluvios de miel, de canela, a través de Fafner los vientos remueven noches, siestas, mil gestos para alcanzarnos; nuevamente somos caracoles refugiados en un caracol que viaja sobre el dorso de un pájaro sin alas, ¿será posible arribar algún día? Cuando nuestros cuerpos ya han pasado el uno en el otro por la lengua, cuando eres ya pájaro aleteando en mi pecho, serpiente ciñendo mis caderas del lado invisible de la piel, ni una sola célula escapa, circunscrita desde el interior en el momento en que la negrura se estría de estrellas verdes, es preciso, es preciso volver, respirar como casi ahogados pero estamos ya ahogados, jamás se puede recuperar todo el cuerpo antes de que las bocas se desgajen una de otra con la violencia de la estrangulación. Respirar, pero tan poco; te sumes de nuevo, cómo quedar con esos cuerpos invertidos, vueltos como guantes resbalando fuera de las manos que los retenían, y te sumes, y como delfines en un mar del que ignoramos el fondo y las corrientes resbalamos el uno contra el otro, el uno en y alrededor del otro, y como tiburones ola tras ola hendida para desgarrar eso que queda de una realidad que busca otra cosa que este ritmo.


Desde el comienzo del viaje, de todos los viajes, mesurando el tiempo desmesurado de una cresta a otra.

Y en el húmedo abandono del agotamiento, el sosiego, el caracol de caparazón de pelusa, tu rostro de adolescente que brilla en su última fatiga, y de nuevo con una mano cansada pero que el reflujo de una próxima ola todavía imperceptible mueve ya, me dibujas, las caderas, los senos, las nalgas, y ese dibujo, don de ti a mí, me regalas todavía una vez el único regalo que puedo abandonarte enteramente y hasta el lago de sueño que nos mecerá.


Con una voz quebrada, más de una vez, me has dicho: «Eres tan joven.» No te equivocabas, pero qué velo te ha impedido ver todos esos años que también yo llevo conmigo, años de una edad mucho mayor que


—¡No me hables del tiempo!


Pero sí, hablemos, nosotros que no somos niños; estamos, estamos en el tiempo como en este viaje: dentro. ¿Es que no ves que no hay ya cuatro ni tres ni dos tiempos?


Tantas veces me he precipitado en el abismo negro que sé caminar en la oscuridad.


Y cortar mil veces, diez mil veces seguidas la cabeza de la hidra, sin hacerme la ilusión de que le impido proseguir todavía y siempre su siniestro crecimiento. Años creyendo o no en un nacimiento hecho para permitirle a la muerte tomar el sol, otros para teñirla de colores violentos: nos reconocemos.

Por el momento, gran lobo marino, bogamos sobre un agua calma, clara, sólo agitada por visiones de riberas donde horrores, torturas y guerras se agitan y nos acechan. Pero nuestras olas sólo forman una vasta ondulación que respira al ritmo de nuestra locura. Luz, y la oscura pasión que nos empujará hasta el fin, siempre hasta el fin y más lejos. Allí donde te estrecho como si nuestras pieles fueran a disolverse al contacto de una con otra, hacer de nosotros un solo ser invisible.

Tu voz es clara, pero cuando viene ese velo de tristeza, cuando apenas empezado el viaje dudas nuevamente de su término, ¿cómo callarme, y cómo hablar? A su tiempo esa tristeza, mi amor, a su tiempo todavía lejano y doble. Por grande que sea la oscuridad, no hay negrura que me haga retroceder.


Tú, y todavía tú.


A fuerza de nadar en las grandes aguas negras, se aprende a flotar en la oscuridad. Boya de las peores tinieblas. Excluida? ya las vejeces humillantes, las pesadillas sanitarias; y el resto no es para ahora y ya no hay más soledad posible. ¿No has comprendido qué regalo de vida fue que no murieras hace un año? Corte. Partida. Y lo desconocido que se tiende por muchos años todavía, si quieres explorarlo con tus ojos de niño.


Dulce confusión cuando el suelo tiembla al sol y vibras contra en alrededor de mi cuerpo.
 
No abandonaremos la autopista en Marsella, mi amor, ni en ninguna parte. No hay otra vuelta atrás que en espiral.


Carol Dunlop y Julio Cortázar, Los autonautas de la cosmopista o un viaje atemporal París - Marsella

Sueños... Des Rêves...

martes, 6 de diciembre de 2011

Este París que escribe mundos en el infinito

Cuando te quedas muda
y decides regalarme París,
comprar la torre Eiffel para tender mi ropa
si acaso me desnudas y no llueve.





















Luis García Montero 


Paris je t´aime






J´ai deux amours, Paris et toi

sábado, 3 de diciembre de 2011

El corazón vuelve de lejos a asomarse

Apareces
La vida es cierta
El olor de la lluvia es cierto
La lluvia te hace nacer
Y golpear a mi puerta
Oh árbol
Y la ciudad el mar que navegaste
Y la noche se abren a tu paso
Y el corazón vuelve de lejos a asomarse
Hasta llegar a tu frente
Y verte como la magia resplandeciente
Montaña de oro o de nieve
Con el humo fabuloso de tu cabellera
Con las bestias nocturnas en los ojos
Y tu cuerpo de rescoldo
Con la noche que riegas a pedazos
Con los bloques de noche que caen de tus manos
Con el silencio que prende a tu llegada
Con el trastorno y el oleaje










Con el vaivén de las casas
Y el oscilar de luces y la sombra más dura 
Y tus palabras de avenida fluvial 
Tan pronto llegas y te fuiste 
Y quieres poner a flote mi vida 
Y sólo preparas mi muerte 
Y la muerte de esperar 
Y el morir de verte lejos 
Y los silencios y el esperar el tiempo 
Para vivir cuando llegas
Y me rodeas de sombra
Y me sumerges en el mar fosforescente donde acaece tu estar
Y donde sólo dialogamos tú y mi noción oscura y pavorosa de tu ser
Estrella desprendiéndose en el Apocalipsis
Entre bramidos de tigres y lágrimas
De gozo y gemir eterno y eterno
Solazarse en el aire rarificado
En que quiero aprisionarte
Y rodar por la pendiente de tu cuerpo
Hasta tus pies centelleantes
Hasta tus pies de constelaciones gemelas
En la noche terrestre
Que te sigue encadenada y muda
Enredadera de tu sangre
Sosteniendo la flor de tu cabeza de cristal moreno


Acuario encerrando planetas y caudas
Y la potencia que hace que el mundo siga en pie y guarde el equilibrio de los mares
Y tu cerebro de materia luminosa
Y mi adhesión sin fin y el amor que nace sin cesar
Y te envuelve
Y que tus pies transitan
Abriendo huellas indelebles
Donde puede leerse la historia del mundo

 
Y el porvenir del universo
Y ese ligarse luminoso de mi vida
A tu existencia.

César Moro


Claude Barzotti
Je t´apprendrai l´amour

sábado, 19 de noviembre de 2011

Un recuerdo atemporal: la Osita durmiendo, Julio Cortázar y Carol Dunlop

Presumo que un buen explorador tiende a despertarse al alba a fin de efectuar las diversas observaciones científicas correspondientes al día que se inicia. Debe ser por eso que también yo me despierto casi siempre muy temprano, me quedo agradablemente en la casa y me dedico a estudiar un tema jamás tratado por Vespucio, Cook o el comandante Cousteau, en otras palabras la manera de dormir de la Osita.

Esta manera de dormir es acaso la de todas las ositas, cosa que me sería imposible verificar, razón por la cual me cuidaré de generalizaciones imprudentes. En el caso de la Osita su sueño pasa por dos etapas principales, la primera de las cuales no tiene nada de extraordinaria, es decir que la Osita busca la posición más cómoda y agradable, se arropa de acuerdo con la temperatura ambiente, y durante gran parte de la noche duerme con gran naturalidad, casi nunca boca arriba y casi siempre boca abajo, con intermedios laterales que nunca duran demasiado pero que ceden a las otras posiciones sin esfuerzo alguno y después de suaves desplazamientos que muestran lo profundo y agradable de su sueño.


Cuando llega el alba, o sea el momento en que tiendo a despertarme del todo, pues las observaciones anteriores las he hecho sin demasiado rigor científico, advierto al poco tiempo que la Osita ha entrado en la segunda etapa de su sueño. Es aquí donde cabe preguntarse si esta manera de dormir es propia de ella o si abarca su entera especie, puesto que se trata de un comportamiento bastante insólito y hasta extraordinario, y que consiste en las continuas tentativas que hace la Osita dormida para convertirse en un paquete, lío, bulto, o atado, que de todo tiene, gracias a un sistema de movimientos, gestos, tirones, tracciones y enredos que progresivamente la van envolviendo en las sábanas hasta convertirla en un gran capullo blanco, rosa, o azul con listas amarillas según el caso, al punto de que un cuarto de hora después de iniciada esta metamorfosis del amanecer que siempre contemplo estupefacto, la Osita desaparece en una atorbellinada confusión de sábanas que, dicho sea de paso, van desapareciendo al mismo tiempo, de mi lado de la cama, pues nadie podría imaginar la fuerza que despliega la Osita para ir atrayéndolas hasta conseguir involucrarse enteramente en ellas y por fin quedarse quieta después de una última serie de evoluciones que completan la crisálida y la felicidad evidente de su ocupante.

Apoyándome con un codo en el colchón, que es lo último que queda, contemplo enternecido a la Osita y me pregunto a qué profunda necesidad de retorno uterino o algo así responde su empecinado trabajo de cada amanecer. Sé muy bien (porque al principio no lo sabía y tuve miedo) que nada de eso me rechaza, pues me basta rozar con un dedo el paquetito tibio a mi lado para que de sus profundidades emerja un suavísimo gruñido de satisfacción. El misterio es total, como se ve, porque la Osita está contenta de sentirme a su lado y a la vez se refugia en un claustro al que yo no podría llegar sin destruir su preciosa penumbra, su temperatura íntima, y algo en ella lo sabe y lo defiende desde el alba hasta el despertar definitivo. Alguna vez —ya no— hice la prueba de desenvolverla lo más suavemente posible del capullo, porque tenía miedo de que se ahogara con las sábanas enredadas y las confusas almohadas, y supe lo que significaba separar sus manos de los nudos, lazos y otros flecos que hacían las sábanas entre sus dedos. De manera que ahora me limito a mirarla dormir en su efímera y sin duda atávica hibernación y espero que se despierte sola, que empiece a desenredarse poco a poco, a sacar una mano, un chorrito de pelo, un culito o un pie, y que después me mire como si no hubiera pasado nada, como si las sábanas no fueran un gran remolino en torno a ella, la crisálida rota de donde asoma mi nuevo día, mi razón para vivir un nuevo día.
 
Los autonautas de la cosmopista o Un viaje atemporal París – Marsella

Julio Cortázar y Carol Dunlop

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Este libro ha llegado a mí AHORA, justo AHORA; si bien he leído a Cortázar copiosamente, ha sido hace un pequeño tiempo que este libro llegó a mí; y HOY, sólo HOY, justo HOY, debían mis ojos llegar hasta este fragmento inmensamente maravilloso que se encuentra hacia el final del libro, y hacia el final de un amor, de un inconmensurable amor entre Cortázar y Dunlop - llamada por él: la Osita-. 

Pero todo final es un principio. Y celebro el principio de mi vida. 
Porque mi vida comienza HOY conmigo 
y con quien desea sostener mi mano siempre.

Edith Piaf
Himno al Amor



Dieu reuni ceux qui s´aiment

Dios reúne a quienes se aman
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